BREVE HISTORIA DE LA VIDA DE DON RODRIGO DÍAZ DE VIVAR,
EL CID CAMPEADOR

por Emilio Garoz Esteban

 

Rodrigo nació hacia el año 1043 en Vivar. Pertenecía a un linaje ilustre, pero no era miembro de la primera nobleza castellana. Por parte de padre, era descendiente de Laín Calvo (que, según la tradición, junto con Nuño Rasura, fue uno de los dos primeros jueces de Castilla). De su madre se desconoce el nombre, aunque era hija de Rodrigo Álvarez, poseedor de no menos de cinco castillos, y sobrina de Nuño Álvarez, señor del castillo de Amaya y gran magnate de su época.

Vivar era un pueblo pequeño, situado a pocos kilómetros de la frontera con el Reino de Navarra, a orillas del río Ubierna. Era un pueblo de frontera, y Diego Laínez, padre de Rodrigo, participó junto al rey Fernando en la batalla de Atapuerca y sirvió al rey castellano en diversas campañas personales, con el objetivo de alejar a tan peligrosos vecinos de la ciudad de Burgos. Así, recuperó a los navarros, entre otros, el castillo de Ubierna, a tan solo 7 kilómetros de Vivar. Contaba entonces el Cid con unos once años.

Poco se sabe de la juventud de Rodrigo, pero debió de quedar huérfano ente el año 1058 y 1060, por lo que fue criado junto al infante don Sancho, según la costumbre de la época, en la que los reyes asumían la tutela de donceles hasta su mayoría de edad y matrimonio.


Parece que Rodrigo se distinguió en el estudio del Derecho (sabidor, como se decía en la época), aunque Menéndez Pidal le sacó los colores en gramática: “escribía afirmo con una sola f, y hasta ponía oc sin h, falta imperdonable”. No obstante, para el maestro, la firma era de una persona acostumbrada a manejar la pluma (se conservan varios documentos de su autoría en el denominado cartulario cidiano, como Carta de Arras otorgada a Jimena en el año 1074 o la dotación a la Catedral de Valencia de 1098).

No son creíbles las populares “las mocedades del Cid”. Pero sí es cierto que, en la batalla de Graus, librada en el año de 1063 acudió junto al séquito del infante don Sancho a proteger a Zaragoza, taifa tributaria de Castilla, ante el ataque del Rey Ramiro de Aragón. Recordemos que Sancho era unos cinco años mayor que Rodrigo. No conocemos el momento de ser armado caballero.


Cuando Sancho accede al trono en el año 1066, Rodrigo, hombre de su confianza, se convierte en alférez real. El título era honorífico, (de tradición visigoda, se les conocía como espatarios) y permitía al que lo ostentaba a llevar la enseña y la espada real. Participó junto al rey en diversas campañas, algunas de ellas con derrota, como la sufrida frente a Aragón en 1067, pero parece que destacó en todas ellas.

 

Uno de los primeros servicios como Alférez de Castilla, fue luchar por la villa de Pazuengos (que Hollywood convirtió en Calahorra) en combate singular contra el heraldo de Navarra, Jimeno Garcés, caballero de probada valía. No caigamos en el error de ver estos combates como un intento de evitar derramamiento de sangre, sino como un medio de resolver litigios judiciales, tal y como aparece en las Partidas.


Según las fuentes (el Carmen latino en concreto), en dicho combate ganó por aclamación el título de Campi-doctor o Campeador. Tenía nuestro héroe la corta edad de 23 años. No es la única lid recogida en las fuentes. La Historia Roderici recoge otra victoria, esta vez contra un sarraceno de Medinaceli llamado Hariz, al que da muerte.

Dichos lances, formaban parte de las obligaciones de un alférez, pero la historia documenta que, en este aspecto, el Cid respondía al imaginario actual de caballero medieval.


Pero los hechos se sucedían. Sancho, como rey castellano, había heredado las parias de Zaragoza, y Móctadir, amparado en las famosas murallas de la ciudad, se resistía a pagar el tributo. De acuerdo con la crónica de José Ben Zaddic de Arévalo, fue Rodrigo quién dirigió el asedio, hasta que al final la ciudad capituló. El autor hebreo, le atribuye al éxito del sitio un nuevo sobrenombre, el de “Cidi” o “mi Señor”. Corría el año 1067. 

 

El éxito de Castilla perturbaba a los Reyes de Navarra y Aragón. Sancho el Fuerte había ocupado la fortaleza de Pancorvo (que quedó bajo el mando de García Ordóñez) y amenazaba el resto de la comarca de la Bureba. Sancho Ramírez de Aragón acudió en auxilio de su primo navarro Sancho Garcés IV y sitió la plaza de Viana. Cuando el rey castellano acudió a liberarla, fue derrotado con rotundidad, y apenas pudo huir a toda prisa con algunos de los suyos.


Vemos que aparece en la historia un nuevo personaje, el conde García Ordóñez, que sería rival de Rodrigo, no en los amores de doña Jimena como nos contaba la película de Hollywood, (fue fiador en la boda de ambos en el año 1074), sí en competir por ser el primer prohombre de Castilla.


Sin embargo, la anterior victoria de Rodrigo iba a dar sus réditos. A pesar de la derrota, restaurada la fidelidad de Móctadir, éste lanzó al valí de Huesca contra los aragoneses. No pudiendo mantener ambos frentes, se pidió una paz que favoreció sin duda a los castellanos. La histórica ciudad de Oca pasaba a manos de Castilla. En el diploma de la restauración de la ciudad y de su obispado, Rodrigo figuró en la primera columna de firmantes.

 

Cuando en 1067 fallece la Reina viuda de Fernando I, Sancho queda libre para impugnar la partición del reino de su padre. Sancho, el primogénito, no podía aceptar que León, el centro hegemónico de la España cristiana, fuera a parar a su hermano Alfonso.


Ambos llegaron a un pacto, todo se jugaría a una única batalla, y el perdedor dejaría su reino al ganador. Se acordó que la batalla fuera el 19 de julio de 1068, en los campos de Llantada, en la 
frontera de León y Castilla.


Al frente de los castellanos Sancho y su alférez Rodrigo, comandando a los leoneses, Alfonso y su capitán, Martín Alfonso. Los leoneses perdieron y Alfonso huyó a León. No cumplió su palabra. No podemos estar seguros, pero probablemente, Sancho tampoco lo habría hecho, de ser el resultado diferente.


Alfonso no era menos ambicioso que Sancho e intervino en las revueltas contra su hermano García, que había heredado el reino de Galicia. Lo cierto es que, finalmente García es apresado por Sancho y desterrado a Sevilla (destino más benévolo que el que le dio su hermano Alfonso años después).


Con Galicia repartida entre ambos, Alfonso y Sancho volvieron a enfrentarse. Corría el año 1072 e iba a librase la batalla de Golpejera. En ella participarían los Beni-Gomez familia que ostentaba el condado de Carrión a favor de los leoneses. De hecho, uno de sus miembros Pedro Ansúrez, fue ayo de Alfonso VI, y su hermano alférez de León en el año 1071.


La batalla fue ganada por las huestes de Sancho, y no me resistiré a narrar lo que la Crónica Najerense, escrita casi cien años después, cuenta sobre Rodrigo (Lucas de Tuy, más propenso a los leoneses, también confiere un gran protagonismo al Cid en la batalla).

Los castellanos habían apresado a Alfonso, pero los leoneses se llevaban preso a Sancho. El Cid los divisó cuando 14 caballeros lo custodiaban, pero en ese momento se encontraba desarmado, al haber roto su espada. Aun así los acometió, y uno de los caballeros leoneses clavó una lanza en el suelo en señal de desprecio. Rodrigo la cogió y cargó contra ellos. Liberó a Sancho y ambos dieron cuenta de los restantes.


Aunque con toda probabilidad se trate de una exageración, lo cierto es que los castellanos, en inferioridad numérica, se impusieron a los leoneses. Sancho, como su padre y su abuelo conquistaba León, y en un acto de magnanimidad permitió a Alfonso exiliarse con los hermanos Ansúrez a la corte de Mamún de Toledo.


Sin embargo, la nobleza leonesa no estaba dispuesta a aceptar la hegemonía castellana, y Zamora, villa regentada por la infanta Urraca, se convirtió en el núcleo de la resistencia y en el de la desgracia de Rodrigo. Pero eso será otra historia.

 

Jimena nació hacia 1046 en una familia más ilustre que la de Rodrigo. Hija de Diego Rodríguez, Conde de Oviedo y de dña Cristina, hija de Fernando Gundemáriz. D. Fernando se casó con la hija de Alfonso V, la infanta Jimena, por lo que nuestra Jimena era sobrina 2ª de Alfonso VI.

Pocos sabemos de su niñez, que tuvo que ser muy próxima a la Corte. Su aparición en la historia la hace en el año 1074, año de su matrimonio con Rodrigo. El hecho de su matrimonio con el Cid prueba el prestigio que éste tenía en la Corte, incluso después de la muerte de Sancho.

 

Las nupcias, posiblemente fueran un intento de Alfonso VI de conciliar la nobleza castellana con la leonesa, aunque no me resisto a pensar que el matrimonio fuera del muy del agrado de ambos novios, dado su comportamiento posterior.

Llama la atención los “fiadores” de la boda. Pedro Ansúrez, rival del Cid en León, y García Ordóñez, antagonista de Rodrigo en Castilla. Sabemos que el matrimonio tuvo tres hijos aunque la Historia Roderici, nos da nombres diferentes a los del Cantar.

Hablamos de Diego, Cristina como su abuela y María (no Elvira y Sol). Cuando parte al destierro, Rodrigo deja a su familia en San Pedro de Cardeña. El mayor de sus hijos tenía solo seis años. Debió ser un momento especialmente duro, de incertidumbre e inseguridad.

Pero a pesar de quedar sola, Jimena no era una mujer desvalida. Se tiene constancia documental de su participación en un pleito en Oviedo el 13 de agosto de 1083 junto a su hermano, el por entonces ya conde de Asturias.

Pero cuando el Cid es acusado de traición en el 1089, aplicando el código germánico, el rey hace responsable a Jimena y a sus hijos de la culpabilidad de Rodrigo y los encarcela. Aunque riguroso, el derecho de la época le amparaba incluso a darles muerte.

¿Se habría atrevido Alfonso? Lo dudo. No sólo por no desairar al Cid que acababa de conseguir la sumisión de Valencia. Tampoco podría enemistarse con el conde de Oviedo, notable en su Corte.

Finalmente acaba liberando a la familia del Cid, que tras varios años acude por fin a reunirse con el Campeador cuando este toma Valencia. Prueba del amor de Rodrigo por su esposa fue su regalo del sartal de la sultana Zobeida.

A esta magnífica y codiciada joya se le puede seguir la pista hasta la época del Condestable de Castilla, don Álvaro de Luna. Especialmente doloroso para Jimena en estos años debió ser muerte de su hijo Diego en la batalla de Consuegra en 1097, sirviendo al rey Alfonso.

Sólo dos años después muere su marido. Habían podido vivir juntos menos de nueve. Jimena sostuvo la plaza como Señora de Valencia varios años desde la muerte de Rodrigo. Está documentada una donación a la catedral de Valencia por el alma del Cid el 21 de mayo de 1101.

Sostuvo un asedio de nada menos que 7 meses contra el emir Yusuf hasta que Alfonso VI acudió a levantar el cerco. Parece que ninguno de sus caballeros se atrevió a sostener la plaza que una mujer había conseguido defender, por lo que agotados sus recursos tuvo que ser abandonada.

Jimena sobrevivió al Cid 15 años, probablemente apartada de la Corte. El último rastro que tenemos de ella en la historia es del año 1113. Sus restos, después de muchas vicisitudes, parece que hoy descansan en la Catedral de Burgos. Nuestra dama, no merece menos. 

 

Desde un punto de vista estrictamente histórico, Sancho llega con sus huestes ante Zamora y decide ponerla sitio. La Historia Roderici habla de una emboscada conta Rodrigo, perpetrado por 15 caballeros zamoranos que fracasó. Cierto o no, lo que nos indica es el papel protagonista de El Cid en el cerco.


El 7 de octubre de 1072 el rey Sancho muere durante el asedio. Hasta aquí la Historia. Parece posible que el rey fuera víctima de una traición, y que por tanto fue asesinado. Así lo relatan incluso las crónicas más favorables a Alfonso VI como la Crónica Silense, Pelayo de Oviedo o el Cronicón Compostelano.


La reconstrucción juglaresca, que también puede encerrar alguna verdad, nos habla que los sitiados, ante la desesperación de tener que capitular por hambre, enviaron a un caballero zamorano llamado Vellido Adolfo a matar al rey Sancho. Sus motivaciones, de ser ciertos los hechos, pudieron ir desde el romanticismo, por estar enamorado de doña Urraca, hasta más mundanos, al aspirar al renio al casarse con la Infanta.


Es muy posible que Urraca fuera la autora intelectual del asesinato. De hecho, fue acusada públicamente del crimen por el Monasterio de Oña. Incluso un diploma público como el Fuero de Castrogeriz, sancionado 30 años después por Alfonso VI recogía el hecho.


Urraca era una mujer despiadada, incluso para los cánones de la Edad Media, al que su hermano Alfonso le adjudicó el título de Reina, y que no dudó en cargar a García, hermano de ambos, de cadenas para morir en el castillo de Luna después de 17 años cautivo (Crónica Silense y C. Compostelano).


Preciosos son los versos del Romancero, que narran la impotencia del Cid, al no poder dar alcance a Vellido Adolfo, que se escabulló por el Portillo de la Lealtad de Zamora:

Maldito sea el caballero,
que como yo ha cabalgado,
que si yo espuelas trajera,
non se me fuera el malvado

 

Tan pronto como se confirma la muerte, salen mensajeros para buscar a Alfonso a su exilio de Toledo. El rey Mamún deja que parta, y pronto es reconocido como rey de León por la nobleza
y el clero. En los diplomas que le reentronizan, da gracias al Cielo por devolverle la Corona sin sangre de enemigos. Sobre el rey Sancho, silencio...

 

Alfonso, finalmente es aceptado como rey de Castilla, aunque de acuerdo con la Crónica Tudense, escrita en 1236, no sin antes jurar no haber participado en la muerte de su hermano. Los historiadores más modernos cuestionan el episodio de la Jura de Santa Gadea, en la que Rodrigo es el encargado de tomarle juramento. No es objeto de este hilo analizar la polémica.


Quedémonos con que parte de la nobleza castellana, veía con recelo a Alfonso VI, aunque ante la ausencia de un candidato mejor, le aceptaron como rey. Sin embargo, el rey traía su propio séquito, el de los Beni- Gómez, y su propio alférez Gonzalo Díaz. La nueva posición de Rodrigo la encontramos en una concesión real, en la que El Cid, firma entre los últimos de la Corte, ahora por detrás de García Ordóñez.


No obstante, esta época, nos va a mostrar otra faceta de El Cid. Lejos de ser un guerrero tosco e iletrado, Rodrigo era un sabidor en Derecho. Aparece como procurador del abad de San Pedro de Cardeña en un pleito del Monasterio fechado en 1073.


A pesar de todo, el Campeador debía de seguir gozando de la estima de la nobleza castellana, y por ello Alfonso debió casarle con doña Jimena, de la nobleza leonesa en el 1074. En la carta de arras que se conserva, Rodrigo cede a su mujer varias propiedades por “decoro de su hermosura y por el virginal connubio”.


Alfonso debía buscar empezar a tejer la unidad de Castilla y de León, y para ello se llevó al recién casado a un viaje por Asturias en 1075. Así aparece la firma del Cid en el documento de apertura de la Cámara Santa de San Salvador de Oviedo. Allí es elegido en el año 1075 para ejercer de juez, lo que demuestra conocimientos no sólo de derecho castellano, sino también leonés.


Rodrigo, quedó relegado a una posición secundaria, pero seguía teniendo cierto prestigio en la Corte. En lo personal, nacía su primogénito Diego, probablemente el 28 de julio de 1075. 

 

Alfonso, tras la muerte de Sancho y el encarcelamiento de García, adoptó el título de Imperator totius Hispaniae (Emperador de toda España), vaya ello dedicado a quienes piensan que la idea de España nació en el s. XIX. Por tanto, asumía un papel de liderazgo tanto entre los reyes cristianos, como musulmanes de la Península.

A finales del 1079, Rodrigo fue enviado a cobrar las parias o “tributo de protección” al rey Motamid de Sevilla, misión secundaria si tenemos en cuenta que el Alfonso, por aquellas fechas, iba a iniciar una campaña contra Badajoz y Toledo.

La Taifa de Sevilla, por aquel entonces, estaba enfrentada a la de Granada, gobernada por el rey Abdallah Modaffar. La dinastía de Motamid, de los abbedíes era yemení, y la de Abdallah, perteneciente a los ziríes, berberisca. La enemistad de ambos pueblos era centenaria.

Granada también era tributaria del rey Alfonso, y García Ordóñez, se encontraba allí cobrando las parias cuando Granada decidió atacar al más culto y rico reino sevillano. Puede que Ordoñez pensara en servir a su rey enfrentando a unos reyes musulmanes que otros, o quizás pensara en obtener un beneficio personal. La cuestión es que se sumó a una numerosa expedición.


Sin embargo, Rodrigo estaba obligado a proteger al rey Motamid, en su condición de tributario de Alfonso y solicitó a los agresores que se abstuvieran de atacar. Confiados en su número, desoyeron la petición. El resultado fue una estrepitosa derrota para Granada en la que el propio Ordóñez cayó prisionero.

Así le retuvo durante tres días, ya que la tradición mandaba ocupar el campo de batalla durante tres días para demostrar la realidad de la victoria. La mofa fue enorme y es recogida por crónicas de ambos bandos. Ordónez pasó a ser el “boquituerto” para los musulmanes y el “Crespo de Grañón” para los cristianos.

En el año 1081, estando el Cid en Burgos y el Emperador de campaña, la fortaleza de Gormaz fue atacada por moros de Toledo. Las crónicas nos dicen que el Cid se pudo al frente de un ejército y que llegó hasta el mismo Toledo en la represalia, capturando más de 7.000 prisioneros, cifra que personalmente me parece exagerada.


Puede que el Cid no distinguiera en su acción a los partidarios de Alcadir (el nieto de Mamún que había muerto en 1075) y aliado de Alfonso, de sus enemigos. La Historia Roderici dice que el destierro lo motivó la envidia. Lo cierto es que estas dos acciones del Cid, la de Sevilla y la de Toledo, le ganaron muchas enemistades en la corte, y disgustaron al rey.

Con el destierro el rey rompe el vasallaje del Cid. De acuerdo con el Derecho de la época, deja de tener obligación de asistir militarmente a su señor, e incluso puede guerrear contra él, de acuerdo con el Fuero Viejo. No obstante, el destierro, al no conllevar la confiscación de los bienes, hacía que el desterrado siguiera siendo súbdito, al mantener sus heredades en el reino.


El Cid parte al destierro con sus propios vasallos. Ahora tiene que ganarse el pan en tierra ajena, frase usada no sólo por el juglar, sino también por el Fuero Viejo. Le acompañarían los miembros de su “Casa” entre ellos Álvar Álvarez, Álvar Háñez Félez Muñoz o Pedro Vermúdez, sobrinos suyos. No sabemos cuantos le acompañaron, el juglar habla de 300 lanzas, de ser cierto, era un ejército más que significativo por los sirvientes y otros hombres de armas que acompañaban a los caballeros e infanzones como infantería.

 

La verdad es que Rodrigo no tenía demasiados sitios a los que ir. Así que pone rumbo al condado de Barcelona, según Ménendez Pidal “extraviado por un tanto de vanidad”. No sólo es rechazado, sin que también desairado por los condes mellizos, Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II. Se terminarían arrepintiendo.


El Cid se dirige entonces hacia Zaragoza, cuando todavía era rey Moctádir. Pero al poco de recibir al campeador muere, y su reino es dividido entre su hijo mayor Mutamin, al que deja Zaragoza, y el menor, Mundir, que recibe Lérida, Tortosa y Denia.


El conflicto estalló entre hermanos, y Mundir fue apoyado por el rey Sancho Ramírez de Aragón y los condes de Urgel, Cerdaña y Barcelona entre otros. Parece que el rey se jactaba de que Rodrigo no se atrevería a entrar en Lérida. Rodrigo salió de Zaragoza y plantó sus tiendas en Peralta de Alcolea, a la vista de Sancho Ramírez.


Se apoderó del castillo de Monzón y de Tamarite, y desde allí partió a liberar el castillo de Almenar, que estaba siendo asediado. En el verano de 1082 El Cid derrotó en batalla campal al conde Berenguer Ramón II de Barcelona, que tuvo que renunciar a sus pretensiones sobre Lérida.


Para más humillación, el conde fue hecho prisionero, y retenido durante cinco días por Mutamin. Tan solo podemos especular a cambio de qué fue liberado. Un rescate, un pacto de no agresión, o puede que ambas opciones…


La victoria colocó a Rodrigo en una posición privilegiada en la corte de Mutamin. No puedo estar más de acuerdo con el profesor Menéndez Pidal cuando califica su actuación como “la implantación de un protectorado castellano sobre Zaragoza.”


Pero a pesar de haber servido el Cid a los intereses de Alfonso VI, enfrentados a los del rey de Aragón, el rey castellano no renunció a intervenir directamente en Zaragoza. Esto dio lugar a la conocida como “Traición de Rueda”.

6

 

Abulafac, alcaide de la ciudad de Rueda, se rebeló contra el rey Mutamin, usando al hermano del anterior rey Moctádir, llamado Modáffar, que debía custodiar en sus mazmorras. En su rebelión solicitaron la ayuda de Alfonso VI, que vio la oportunidad de aumentar su prestigio, por lo que acudió en persona a la cabeza de su ejército.


Pero el candidato real murió y Abulafac decidió cambiar de bando, por lo que el 6 de enero del invierno de 1083 tendió una celada a Alfonso cuando éste iba a entrar en su castillo. El día de
Reyes del año 1083, Alfonso VI salvó por poco su vida, pero el infante Ramiro de Navarra y el conde Gonzalo Salvadórez, dos de sus capitanes murieron en la emboscada.


Ante la noticia de que Alfonso estaba en apuros, Rodrigo, al enterarse, acudió desde Tudela a ofrecerle su ayuda, abandonando su situación de privilegio junto a Mutamin. No era el Cid un mercenario que vendiera su lealtad. Sin embargo, aunque inicialmente bien acogido por el rey, fue de nuevo desairado y no regresó a Castilla.


Don Rodrigo no era un mercenario, en la acepción actual de la palabra. En la época, en los destierros a tierras musulmanas, era común ganarse la vida bajo la protección de un rey de Taifas. Alfonso VI lo hizo en Toledo y García de Galicia en Sevilla, sin recibir reproche por ello.


Servir en estas guerras internas, aumentaba la influencia de los reyes cristianos, y Rodrigo, cuando peleó en ellas, siempre respetó las leyes de vasallaje y los intereses de su señor natural. Las alianzas con musulmanes eran comunes en toda Europa, como ejemplo tenemos a Federico II emplear a sarracenos contra cristianos en su Guerras en Italia.


No obstante, el destierro, autorizaba jurídicamente al desterrado a pelear contra su antiguo señor mientras éste durase. Rodrigo rehusó hacerlo. Sólo levantó la espada contra García Ordóñez cuando atacó la Rioja, dependiente de este último. Si bien, hay que recordar que no se trataba de un ataque contra Castilla, sino una respuesta defensiva que además focalizó en los dominios de un enemigo personal.


Prueba de ello es que, en el castillo de Rueda, Rodrigo auxilia a Alfonso VI, en contra de su aliada en aquel momento, la Taifa de Zaragoza, y a pesar de que el agresor era el propio rey cristiano. El Cid nunca dejó de considerarse un caballero castellano, sin importar los conflictos que esto le pudieran ocasionar con Mutamin.

 

Mutamin debía de ser un gobernante práctico, y no tuvo problemas en volver a acoger al Cid con los brazos abiertos cuando regresó del desaire de Alfonso VI. Centró el de Vivar sus correrías en la Taifa de Lérida, bajo la protección de Sancho Ramírez de Aragón. 

En el castillo de Morella, con unos pocos caballeros infligió una severa derrota al ejército enemigo y capturó muchos prohombres aragoneses. Hasta el cronista árabe Ben Bassan se hizo eco de esta victoria acaecida en el 14 de agosto de 1084.


Mutamin murió el año 1085, y Rodrigo continuó en Zaragoza tenido en gran consideración por su hijo y sucesor Mostain II. Envió oro y plata a la catedral de Burgos y a su sobrino Fáñez con caballos para Alfonso VI. Éste levantó el destierro al sobrino del Campeador y a muchos de sus caballeros, pero no a Rodrigo.

Llegó entonces un periodo de inactividad. El motivo fue la política expansiva de Alfonso VI, que le llevó a poner sitio a la ciudad de Zaragoza. Rodrigo se apartó, para no tener que luchar contra su rey. No me parece éste el comportamiento de un mercenario al uso.


Fue la época dorada del rey Alfonso, que se apoderó de Toledo en el año 1085. A su antiguo señor, Alcádir, lo entronizó en Valencia. Para ello fue enviado allí bajo la protección de Alvar Fáñez, ahora capitán del rey castellano.


Contra las Taifas de Sevilla y Badajoz, también cosechó éxitos. En una expedición de castigo contra Sevilla llegó hasta Tarifa. Con el resto de territorios cristianos, reconociendo la prevalencia del Emperador, y con Toledo en su poder, antigua capital visigoda… ¿es descabellado pensar que Alfonso VI hiciera castillos en el aire sobre una reunificación peninsular?


Pero el futuro sería muy distinto. Fue en el transcurso de una de estas expediciones cuando el rey Motámid de Sevilla mencionó por primera vez los escudos de piel de hipopótamo como amenaza a Alfonso. Los almorávides hacían sus escudos de este material.

 

Los almorávides…, su nombre sigue causando miedo hoy en día, ¿quiénes eran? Sus orígenes se remontan a cuando Ibn Yasin, un ulema malakí, fundó un movimiento religioso que recibió la aceptación de las tribus de los Lamtuna y los Sinhaya. Su rigor religioso, rayando el fanatismo, hizo que su líder tuviera que retirarse a un convento fortaleza o ribat, junto a sus fieles, en una isla 500 km al norte del río Senegal. De ahí recibieron su nombre al-morabit “los hombres del ribat”.


El movimiento se fue consolidando. Conquistaron el Sahara (1053), Ghana (1054) llegando a Ceuta en el 1084. El sobrino del fundador Yusuf ibn Tasufin, heredó una confederación de tribus con capital en Marraquech, en oposición a El Cairo y Córdoba.


La Península no era desconocida para las tribus bereberes. Almanzor ya los había empleado como mercenarios durante sus incursiones. Cuando Mutamid de Sevilla y sus aliados de Badajoz y Granada le pidieron ayuda contra Alfonso, Yusuf no se hizo esperar.


Preparó un centenar de naves en Ceuta y desembarcó en Algeciras con 12.000 guerreros. Incluso los auxiliados tenían sus reservas, pidiendo garantías de que conservarían sus reinos. Consta la oposición del primogénito de Motamid, pero el daño, ya estaba hecho.


El paso del estrecho ocurrió mientras Alfonso sitiaba Zaragoza. Tuvo que levantar el cerco y llamar en su ayuda a Sancho Ramírez de Aragón, que cumplió como buen cristiano, y trajo a Alvar Fáñez que habíamos dejado en Valencia. Acudieron caballeros de Italia y Francia. No consta que requiriera la presencia de Rodrigo.


El 23 de octubre de 1086, Alfonso, al mando de un ejército cristiano salió al encuentro del ejército enemigo en Sagrajas, a tres leguas de Badajoz. Existen varias versiones de la batalla. Parece que Alfonso lanzó a su caballería contra la vanguardia musulmana, integrada por los ejércitos del emir de Sevilla.


Mientras que sus aliados sufrían, Yusuf inició una maniobra envolvente por la retaguardia que atacó el campamento cristiano y que provocó una bolsa, de la que el propio Emperador apenas pudo escapar con quinientos caballeros. La batalla fue un desastre, pero apenas tuvo consecuencias inmediatas, más allá de detener la expansión castellano-leonesa.


El hijo de Yusuf moría en Ceuta y éste abandonó la Península. Habrían de pasar diez años para que los almorávides atacaran las fronteras cristianas. No obstante, la batalla había revelado un enemigo formidable, que combatía disciplinado bajo el ritmo de tambores y cuya fama influiría
en la moral de los cristianos.


Aclamado como Príncipe de los creyentes por los reyes y emires andaluces que participaron en la batalla, Yusuf les dejó 3.000 guerreros bajos las órdenes de Motamid antes de partir. Económicamente, liberaba a las taifas de tener que pagar las parias a Alfonso VI.

 

Alfonso quedó muy expuesto después de la batalla de Sagrajas. El estrecho en manos de los almorávides resultaba una amenaza no sólo para la Península, sino también para Europa. Mandó mensajeros a Francia y amenazó con dejar libre el paso hasta los Pirineos si no recibía refuerzos.

Llegó también el momento del perdón de Rodrigo. Debió ocurrir en la primavera de 1087. Aunque formalmente, Rodrigo se humilla ante Alfonso, en realidad Rodrigo vuelve como triunfador. El Cantar recoge que el Campeador, al ver a Alfonso se echa al suelo y le pide perdón con briznas de hierba entre sus dientes.

Según nos cuenta el profesor Menéndez Pidal, parece que este era un acto de sumisión muy común entre los pueblos indio-europeos. Desconocemos si la reconciliación fue así. Lo que sí sabemos es que le fueron entregados los castillos de Dueñas y Gormaz, así como varios pueblos y valles.


Pero además recibía privilegio sellado por el que se concedía como hereditarias todas las tierras que pudiese ganar a los moros. Éste no era un beneficio menor, ya que, durante la Reconquista, el rey disponía de las tierras, que la mayor parte de las veces eran concedidas de manera temporal a un noble o infanzón.


En este punto, no puedo dejar de recomendar la lectura de las Instituciones Medievales Españolas de don Claudio Sánchez Albornoz, cuyas conclusiones, si bien ha podido ser levemente matizadas, siguen plenamente vigentes décadas después.


Sin embargo, no eran buenos tiempos para Alfonso. La ayuda francesa llegó encabezada por el duque de Borgoña, caballeros de Normandía, Languedoc y la Provenza, incluyendo al conde de Tolosa. Sin embargo, los recién llegados, se contentaron con saquear el valle del Ebro, sin cruzarse con ningún almorávide.


Tuvo que soportar también Alfonso la rebelión de un conde gallego, Rodrigo Ovéquiz, con la disparatada idea, o no tanto, de entregar la región a Guillermo el Conquistador, según nos cuenta la Historia Compostelana.


Ante estos hechos, tenemos constancia de una Corte extraordinaria en Toledo, a la que asistió Rodrigo. Y junto al rey pasó más de un año, hasta que, en la segunda mitad del año 1088, recobró la iniciativa, no sabemos si por mandato de Alfonso, o aburrido de la inactividad de la Corte.

 

La derrota de Alfonso en Sagrajas había puesto fuera del alcance cristiano los reinos de Sevilla y Badajoz. Motamid salió muy reforzado, y ahora contaba con el apoyo almorávide. Sin embargo, el Levante Peninsular estaba compuesto de muchos pequeños señoríos, y en ellos, iba a desarrollar Rodrigo su actividad bélica.


Alcádir, antiguo señor de Toledo y ahora rey de Valencia, acogió de buen grado la derrota de Alfonso que le dejaba las manos libres en su reino. Pero no contaba con que, la ausencia de protección cristiana despertaría la codicia de sus hermanos de religión.


Alhayib gobernaba Tortosa, Denia y Lérida, y tenía sus dominios partidos en dos por el reino de Alcádir. Levantó un ejército, integrado en gran parte por auxiliares de varios condados catalanes y puso cerco a la ciudad de Valencia en el año de 1088. El antiguo rey de Toledo no era aficionado a la lucha y solicitó ayuda a Alfonso y a Mostain de Zaragoza.


Pero Mostain no actuó de manera leal. Estaba en conversaciones con los opositores que Alcádir tenía dentro de la propia Valencia, y vio una oportunidad inmejorable para apropiarse del reino. Además, resulta que el Campeador se encontraba en ese momento en Zaragoza, y quién mejor que él para acompañarle.


En este punto hay que decir que las fuentes árabes coetáneas, en concreto Ben Alcama, aseguran que Mostain ocultó sus intenciones a Rodrigo. En la premura por acudir y llevarse tan goloso premio, debió de pensar en que era un mal menor que su aportación a la expedición fuera solo de 400 hombres de armas, mientras que Rodrigo llevaba unos 3.000.


Cuando Alhayib supo que venía su sobrino Mostain, decidió entablar conversaciones con el señor de Valencia, y firmó un pacto con él antes de levantar el cerco y retirarse hasta Tortosa. Pero Alcádir confiaba más en las lanzas castellanas que en las ilerdenses y envió mensajeros a Rodrigo, a espaldas de Mostain.


Cuando el ejército entra en Valencia como amigo, al ver Mostain que los opositores no le negativa. Las propias fuentes musulmanas recogen la respuesta. Valencia fue entregada por Alfonso a Alcadir. Si no se había opuesto al rey cuando era un desterrado, menos ahora que estaba a su servicio.


Si Mostain quería Valencia, debía recibirla del Emperador. Mientras, el castillo de Murviedro, antes de Alcadir, se pasó al bando de Alhayib. El Cid comprendió que estaba en medio de un avispero, así que incluso envió mensajeros a Lérida para entablar negociaciones, mientras ganaba tiempo con los tres implicados.


Rodrigo viajó a Castilla para conseguir el refrendo de Alfonso VI de su proceder. Éste se lo concedió encantado. Pero durante su estancia en Castilla, la situación en Valencia se complicó, pero ahora el de Vivar tenía las manos libres para seguir forjando su leyenda.

 

Cuando el Cid partió llevando consigo 7.000 lanzas, se encontró con que Mostain, su antiguo aliado había solicitado la ayuda de Ramón Berenguer, que no perdió el tiempo en presentarse con un ejército. Pero la presencia de Rodrigo hizo que al final se retirara.

De esta forma Rodrigo consiguió someter levante y mejorar la situación anterior a la batalla de Sagrajas. Valencia, Albarracín y Alpuente volvían a ser tributarias del Reino castellanoleonés. Sin embargo, el Campeador estaba a punto de sufrir un nuevo destierro.

Motamid, rey de Sevilla, había vuelto a pedir ayuda a Yusuf para recuperar el castillo de Aledo. Volvió a formarse una gran colación musulmana que le puso cerco. Alfonso levantó un gran
ejército, las fuentes hablan de 18.000 hombres y pidió que Rodrigo se uniera a él. Sin embargo, por una variación en el itinerario de Alfonso, el Campeador llegó tarde al encuentro.


No obstante, en el campamento musulmán habían surgido disensiones y los almorávides no se fiaban de sus aliados peninsulares, por lo que Yusuf, ante la llegada de Alfonso levantó el sitio y el retraso no tuvo mayores consecuencias. Aun así, iba a ser la causa del segundo destierro de nuestro protagonista.

Alfonso montó en colera y desposeyó al de Vivar de todos los honores y propiedades concedidos dos años antes, allanó sus heredades y encarceló a Jimena y a sus tres hijos pequeños. Aunque la solidaridad familiar en materia penal existía en el derecho germánico, mi impresión personal es que el rey rayó la arbitrariedad y la pataleta. Prueba de ello es que cuando Rodrigo envió un emisario, Alfonso más sereno liberó a su mujer y a sus hijos y los permitió partir con él.

No obstante, Rodrigo, como sabidor en derecho que era, remitió al rey cuatro juramentos: una explicación de su falta involuntaria, una protesta de lealtad al rey y una fórmula de “confusión” apelando a la justicia Divina. Completaba la misiva un cuarto juramento más general. (Para más detalles ver los excelentes estudios del profesor Pérez Prendes).

Hay que decir que los fueros de la época, en caso de llegar tarde a un combate, excusaban o “salvaban” al ausente con sólo un jurar (ej. Fuero de Cuenca). Pero Alfonso no estaba por la labor, desoyó la legítima petición y le impidió defenderse de las acusaciones vertidas. Rodrigo quiso lavar su honor incluso con un combate singular sin resultado.Comenzaba una nueva etapa en la vida del héroe, en la que debería luchar en solitario.

 

A pesar del mal resultado de Aledo, al retirarse Yusuf hacia Almería con sus tropas intactas, antes de
volver a África, destacó un importante ejército mandado por Ben Texufin contra Rodrigo. El de Vivar estaba aislado.


Abandonado por Alfonso y por varios caballeros castellanos tras su segundo destierro, enemistado con Zaragoza por mantenerse fiel a su rey, y siendo enemigo declarado del conde de Barcelona, del rey de Aragón y del reyezuelo de Lérida, el hábil Alcádir vio la ocasión de liberarse del Campeador y dejar de pagar tributo. Así que Rodrigo, sin otro lugar al que ir, se dirigió de nuevo hacia levante con sus mesnadas.


En la Navidad del año 1089 se encontraba el Cid guerreando contra Alhayib, reyezuelo de Lérida y Denia. Tras varias intrigas y peticiones de paz, éste urdió una coalición contra Rodrigo, a la que solo respondió el conde Berenguer de Barcelona. La enemistad del conde era manifiesta. Había sido apresado por el Campeador en el año 1082 y recientemente le había hecho renunciar a las tierras valencianas.


A cambio de importantes sumas de dinero, como era habitual en aquella época, el musulmán sumó al conde a su causa. Berenguer llegó a presentarse ante el Emperador Alfonso VI a solicitar su ayuda, parece que en un tono bastante jocoso y despectivo hacia el de Vivar. La alianza era contra natura, ya que Berenguer era enemigo de Alhayib, y a pesar de sumar a su causa a Mostain de Zaragoza, no consiguieron convencer a Alfonso.


No obstante, los tres formaron un ejército formidable, que sobrepasaba en mucho al del Cid. Por eso éste acampó en el pinar de Tévar, ya que el terreno compensaba su inferioridad numérica. De acuerdo con el cronista musulmán Ben Alcama, el Cid sufrió con estoicismo las provocaciones del barcelonés, sin presentar batalla.


Con un ardid, dejó que capturaran a algunos de los suyos con información falsa y consiguió dividir las fuerzas enemigas. Les hizo creer que intentaría evadirse al día siguiente por tres puertos de montaña diferentes. Sus enemigos mandaron fuerzas a ocuparlos que cayeron en una trampa.


Pero Berenguer, creyendo las vías de escape de Rodrigo cerradas, había ocupado por la noche el monte que dominaba el campamento castellano, y desde allí lanzó por sorpresa un ataque cuesta abajo.


El de Vivar recompuso sus defensas y se lanzó contra su oponente. A pesar de que se cayó del caballo, la batalla se ganó y capturaron al conde y a muchos de los suyos. Parece que pudiera ser incluso verosímiles las humillaciones al Conde que, negándose a comer, fue invitado a la propia mesa de Rodrigo. Eran nueve años de enemistad y difamaciones por parte del de Barcelona. Bien pudiera el Cid habérselos cobrado con esa pequeña venganza.


Según la Historia Roderici, ante la imposibilidad de muchos prisioneros de pagar el rescate, el Cid se conmovió y los soltó sin necesidad desembolsar cantidad alguna. El premio fue otro, Berenguer Ramón renunciaba al protectorado ejercido sobre la taifa de Lérida-Tortosa-Denia en favor de Rodrigo, al tiempo que sufría una gran humillación delante de sus hombres, que acabaron vitoreando al Cid por su generosidad. Cuenta la tradición que en la batalla se hizo el Cid con la espada Colada, que pertenecía al conde, lo cual, hubiera aumentado la vergüenza del derrotado.


El hecho, narrado en la Historia de Roderici, con más o menos variaciones es admitido entre otros por Menéndez Pidal, Gonzalo Martínez Díez y Richard Fletcher, por lo que la versión que les relato es unánime. 

 

La victoria del pinar de Tévar tuvo una enorme repercusión. Alhayib murió poco después de la misma, y Rodrigo se trasladó temporalmente a Daroca, cuya fértil huerta facilitaba alimentar a su ejército. Cuando envió mensajeros a Mostain, pues se encontraba en su territorio, fueron recibidos con el Conde Berenguer sentado al lado del rey de Zaragoza.


Berenguer les manifestó su deseo de amistad con Rodrigo. Dicen las Crónicas que por aquel nuestro protagonista estaba postrado en la cama por una enfermedad, y a punto estuvo de rechazar el ofrecimiento del barcelonés por desconfianza.


Sin embargo, la amistad se selló y eso colocó en una difícil posición a Culeiman Ben Hud, hijo de Alhayib sobre el que ejercían la tutela la familia de los Beni Betir. Así que estos se sumaron a la lista de protegidos del Campeador, que también eligió al visir de Valencia, Ben Alfarax, durante una enfermedad del rey Alcádir.


En cada pueblo, colocó Rodrigo un caballero castellano que velaba por proteger a los musulmanes, y que no hubiera agravios hacia ellos ni entre ellos. El propio historiador musulmán Ben Alcama, reconoce que estableció un beneficioso sistema de justicia.

Llama la atención como el Cid, a diferencia de Alfonso, no oprimió a sus vecinos musulmanes. Es más, tenía un marcado sentido de respeto por el enemigo. Incluso la capacidad de convertir a los adversarios en amigos.


Este proceder, además de justo resultaba práctico. Las Taifas dejaron de ver a los almorávides como sus salvadores, y pasaron a ser unos huéspedes muy incomodos. Hasta qué punto llegaría la situación, que hizo que los reyes de Granada y Sevilla retomaran los contactos diplomáticos con Alfonso, para que les librara de los hombres de Yusuf.


Cuando en junio de 1090 desembarcó en Algeciras, no recibió ninguna ayuda para la “Guerra Santa” de sus hermanos de fe peninsulares, y fracasó en el sitio de Toledo, en que Alfonso contó con la ayuda del rey Aragonés, Sancho Ramírez.


Yusuf, en su soledad, alentó a los faquíes contra los príncipes musulmanes de las Taifas, que empezaron a denunciar su falta de celo religioso y sus fastuosas cortes. Lujos que no habían supuesto ningún reproche mientras sus dueños ayudaban a los almorávides.

 

Para continuar con el relato es necesario conocer lo que aconteció en la Península a finales de 1090, para entender los siguientes pasos del Campeador. Empecemos con unas nociones básicas de derecho islámico. Los cadíes eran jueces de los territorios musulmanes que impartían justica de acuerdo con la sharía. Su nombramiento era prerrogativa de los soberanos. Su prestigio era tal que oficialmente, y al menos en teoría, no podían ser destituidos, únicamente ser invitados a dejar el cargo. La renuncia tenía que partir de ellos.


Los faquíes eran considerados los expertos legales y emitían fetuas o dictámenes jurídicos, y asesoraban a los cadíes. Por último, encontramos a los ulemas, clérigos de entre los cuales salían los faquíes.


Recordemos que los omeyas, habían declarado el malikismo, una de las escuelas más “estrictas” de Derecho islámico, la oficial en sus dominios peninsulares. Los almorávides ratificaron la preeminencia de esta escuela.


Pues parece que el cadí de Granada, Abu Yafar, llevaba conspirando con Yusuf desde el sitio de Aledo, y por ello había sido reprimido por Abdallah, su señor. Así que Yusuf depuso al rey Abdallah y a su hermano Temín, el rey de Málaga, no sin que los faquíes emitieran dos fetuas, una declarando que los hermanos habían perdido sus derechos al trono y otra declarándole a
él Emir de los Creyentes. Hay que reconocer cierta piedad al líder almorávide, aunque cargó de cadenas a los antiguos monarcas y los envió al norte de África con sus familias, una vez allí les asignó una pensión vitalicia.


Destaca lo duros que son los historiadores, sobre todos los arabistas, con los reyes de Taifas, al ser vistos tradicionalmente como corruptos y decadentes. Existieron reyes de taifas malos y reyes de taifas muy apreciados que velaron por su pueblo. Los cristianos estrictos suelen ser tildados de fanáticos, pero no ocurre lo mismo con los musulmanes que cumplían con la sharía. Repasemos lo que era decadente para la escuela malaki:
-Adornarse con anillos
-Llevar ropas de seda
-Jugar a los dados o al ajedrez
-Los instrumentos musicales

-Comer en casa de un cristiano

Motamid de Sevilla pensó que Yusuf podría compensarle por haberse quedado con Algeciras y recibir como compensación el reino de Granada, y acudió a felicitarle junto con el rey de Badajoz, Motawakill, por su firmeza ante Abdallah. Sin embargo, los dos fueron despedidos airadamente por el almorávide.

Motamid se volvió de nuevo hacia Alfonso y le ofreció a su propia hija, Zaida, como concubina.Parece que el rey no pudo resistirse a los encantos de la princesa, que fue acogida de buengrado en la corte y bautizada con el nombre de Isabel. El hecho de que Alfonso VI estuvieracasado, nos muestra que no sólo los reyes de taifas de la época eran de moral relajada.

 

Pero la alianza llegaba demasiado tarde y los faquíes peninsulares emitieron una nueva fetuadeclarando indignos de gobernar a los reyes musulmanes, y en especial a Motamid, que vivía en pecado con la bella poetisa Romaiquía y que había entregado a su hija Zaida a los infieles.

 

Como no podía ser de otra manera, encargaron a Yusuf ejecutar la voluntad de Dios, y así lo haría, mediante la fuerza de las armas. Eligió al caudillo almorávide Çir Ben Abú Béker la tarea, y como en el mes de diciembre del año de 1090, ya había arrebatado Tarifa a Motamid, éste, tuvo que pedir la ayuda a su suegro Alfonso VI.

 

Mientras, al otro lado de la Península, Mostain seguía codiciando Valencia y tenía aportados dos ejércitos, uno en Cebolla (Yuballa) y otro en Liria. Ante la negativa a retirar sus ejércitos Rodrigo sitió Liria. Y mientras tenía cercada la plaza, recibió una misiva de la reina Constanza. El rey Alfonso estaba preparando una campaña contra los almorávides.


De todas las mujeres de Alfonso VI, la reina Constanza de Borgoña es la única de la que las fuentes ofrecen detalles biográficos, lo que indica una personalidad fuerte y cierta actividad política. Sin dudar del altruismo de esta gran mujer, madre de la futura Reina Urraca, intuyo en su acercamiento a Rodrigo cierto aislamiento en la corte tras la llegada de Zaida.


Siguiendo los consejos del mensaje, Rodrigo levanto el sitio de Liria y se reunió con el ejército de Alfonso en Martos y juntos avanzaron hacia Granada. Sin embargo, el rey volvió a enojarse con Rodrigo. Mientras Alfonso acampó en alto, Rodrigo decidió hacerlo en la llanura, delante de él, defendiendo el campamento del monarca.


Fue ésta la excusa que buscaba Alfonso. De todos los autores, sólo Fletcher da la razón a la pataleta de Alfonso. Curiosamente, esta biografía, que encierra gran hostilidad hacia el héroe, es la recomendada en algunas Facultades de Historia. Finalmente, los almorávides no presentaron batalla.


Acampados de regreso en el castillo de Úbeda, Alfonso VI protagonizó tal ataque de ira, que el Cid tuvo que abandonar discretamente el campamento real para evitar ser apresado. Ya en el suyo, separó sus huestes de las del rey que volvió a Toledo, mientras Rodrigo regresaba a las Sierras del Segura.


Çir Ben Abú Béker conquistaba Córdoba el 26 de marzo de 1091 y el 10 de mayo ponía sitio a Sevilla. Motamid pidió ayuda a su ahora “yerno”, que envió un ejército de socorro al mando de Álvar Fáñez, pero fue detenido y derrotado a los pies del castillo de Almodóvar del Río. El propio Álvar Fáñez fue herido en el rostro. Sevilla, abandonada a su propia suerte, fue tomada el 7 de septiembre.

Según José Antonio Conde, Motamid, en otro tiempo orgulloso rey y ahora cargado de cadenas, negoció el respeto a la población y sus bienes antes de entregar la ciudad. Para Menéndez Pidal la ciudad fue bárbaramente saqueada, el pueblo contempló con tristeza la deportación de su líder al Norte de África.


Me voy a permitir dar mi opinión. Aviso a los lectores que esto no es Historia, sólo mi impresión. Motamid había sido un rey ambicioso, y a veces desleal con los cristianos, pero Sevilla vivió con él mucho mejor que tras su caída. Fue un rey culto a cuyo amparo se creó tal literatura de elogios que motivó la creación de un subgénero literario, la “manía a Sevilla” como reacción.


En toda Andalucía, sólo Badajoz permanecía independiente gracias a las buenas relaciones entre Motawakkil Ben Alaftás, su rey, y los almorávides. Únicamente el castillo de Aledo y el protectorado del Cid en Levante resistían el empuje de los musulmanes.

 

Rodrigo debía sentirse una pieza más de la defensa de España contra los almorávides. El fracaso de Alfonso en el sur hizo recaer sobre él todo el peso de la resistencia contra el invasor. “Un Rodrigo perdió España y otro la salvará”. Se dejaron atrás viejas disputas y el Campeador empezó a trabajar para triunfar donde su rey había fracasado.


Su primera decisión fue renunciar a Denia, que estaba demasiado al sur y establecer sus líneas defensivas en la sierra de Benicadell, volviendo a levantar el castillo de Peña Cadiella. En noviembre del año 1091, se presentó ante el Cid un mensajero del rey Sancho Ramírez de Aragón con 40 caballeros, enviados por su antiguo enemigo para ayudarle en la empresa que se avecinaba.


Poco después Rodrigo se reconcilió con Monstain de Zaragoza, y forzó que éste y Sancho Ramírez, también firmaran la paz. Estaba el Cid en Zaragoza cuando le llegó la noticia de una amenaza, y esta vez no de los almorávides.


Alfonso había preparado un ejército que iba a atacar el Levante bajo la protección del Campeador. Parece que tanto Ramón Berenguer como Sancho Ramírez se habían sumado a esta empresa. Incluso la flota de Pisa y Génova, por aquel entonces potencias navales en el Mediterráneo participarían en el ataque.


La actitud de Alfonso VI, con la amenaza que se cernía sobre la Península, solo es explicable por la actitud egoísta del monarca. El Cid le envió una carta a Alfonso, diciéndole que no levantaría la mano contra él, pero sí contra sus malos consejeros, para ver si eran tan diestros con la espada como con lengua.


El elegido fue García Ordoñez, que siempre encabezó sus enemigos de la corte. Y esta vez pagaron justos por pecadores y las tierras riojanas que le pertenecían fueron arrasadas de manera inmisericorde. Cayó con rapidez sobre las tierras de Calahorra y Nájera. La ciudad de Logroño entre otras también fue tomada y saqueada.


García Ordóñez había reunido un gran ejército, apoyado por Pedro Ansúrez y retó a sus atacantes a esperarle siete días en el castillo de Alfaro para presentar batalla. Qué gran ocasión se presentaba a nuestro protagonista, que permaneció allí como una roca.


Ordoñez nunca se presentó. Por el camino fue viendo los estragos que había causado el ejército de su enemigo en sus tierras y volvió grupas. “El ínclito don García, honrado de Dios y de los hombres, sostén de la gloria del reino”, sintió miedo.

La campaña de Alfonso fue un desastre. El rey levantó el asedio de Valencia para ayudar a Ordóñez, pero no llegó a tiempo. Cuando llegó la flota de Génova y Pisa el ejército ya había partido. A Alfonso no le quedó otro remedio que otorgar el perdón a Rodrigo. Y Rodrigo, fiel a su señor, volvió a aceptarlo.

 

La conclusión, Rodrigo se impuso sobre sus enemigos y pudo concentrar toda su atención en los almorávides, asumiendo el liderazgo de la lucha, un papel que le debería haber correspondido al Emperador.


Lo primero que hizo el Cid cuando Alfonso se retiró de Valencia fue evitar que el rey Monstain sufriera el mismo destino que Motamid frente al partido almorávide, que ganaba terreno en Zaragoza. Tras la caída del castillo de Aledo en el año 1092, únicamente las taifas orientales permanecían libres de los almorávides bajo la protección del Campeador.


Mientras estaba asegurando la zona, recibió malas noticias de Valencia, de la que llevaba ausente unos nueve meses. Pero antes, veamos en qué situación había quedado la ciudad, y cómo se distribuía la Valencia del año 1092.


Al Sur de sus murallas se encontraba el barrio mozárabe de Rayosa, donde vivían los cristianos sometidos al islam, en torno a la Iglesia de San Vicente mártir. En el arrabal de Ruzafa también vivián muchos cristianos. El motivo es que en la España musulmana se expulsó a los cristianos mozárabes del centro de las ciudades. La tolerancia pregonada del islam hacia las otras religiones del Libro es cuanto menos, exagerada.


Al Norte se extendía el arrabal de Alcudia, en el que residían las mesnadas del Cid y los caballeros que había mandado el rey de Aragón, junto al obispo nombrado por el rey Alfonso. Intramuros, el almojarife Ben Alfarax, nombrado por el Cid, que ejercía las funciones de visir de Alcadir.


Sin embargo, la posición del visir se debilitaba. Los triunfos de Ben Ayixa, hijo de Yusuf, conquistador de Aledo y Murcia, daban alas a los opositores internos de Alcadir, agrupados bajo la figura de Ben Yehhaf “el Zambo”, que llamó en su auxilio a los almorávides.


Ben Ayixa no desperdició la ocasión y se puso en camino para conquistar Valencia. A su paso las fortalezas musulmanas se le iban entregando. Denia, Játiva, Alcira… cuando se encontraba a tan solo 25 km de Valencia, el obispo, muchos caballeros castellanos y los 40 aragoneses abandonan la ciudad con sus pertenencias.


Uno no puede sentirse orgulloso de la actuación de los cristianos en esta ocasión, que desampararon a su aliado. Tal era el temor que inspiraban los almorávides y la prueba de que fue Rodrigo y sólo Rodrigo el que con su presencia lograba infundir el ánimo a sus tropas. No he conocido mercenario alguno capaz de infundir ese valor. El Campeador era mucho más.


Valencia cayó mediante una treta. Cuarenta guerreros vestidos al uso almorávide hicieron tanto ruido que corrió el rumor de que eran 500 (ni siquiera suficientes para poner sitio a la ciudad). La rebelión estalló y Alcádir huyó vestido de mujer llevando consigo la preciada joya de Zobeida (que Rodrigo le regalaría después a Jimena), mientras que el visir fue encarcelado.


Pero Alcádir no había abandonado la ciudad y Ben Yehhaf “el Zambo” ambicionaba la joya, así que le encontró e hizo que lo mataran. Así acabó sus días el antiguo rey el 28 de septiembre del año de 1092, “sin que moro o mora llorase por él”. Su cuerpo fue abandonado a las afueras de la ciudad y su cabeza arrojada a una alberca. 

“El Zambo” era el nuevo hombre fuerte de Valencia.

 

El Cid no llegó a tiempo para evitar la toma de Valencia, pero en vez de retirarse se dirigió a recuperarla, allí donde todos habían fracasado frente a los almorávides, él pretendía triunfar. Asentó su campamento en el campo del castillo de Yuballa, y desde allí se hizo con el control de la zona.

 

El 1 de noviembre del año de 1092 quedaba declarada la guerra. Ben Yehhaf era acusado formalmente por Rodrigo de regicidio, y éste lejos de defenderse, le aconsejaba llegar a un entendimiento con los almorávides. 

 

Pero lo cierto es que “el Zambo” no contaba con el favor de los norteafricanos, ya que se comportaba como un rey sin serlo. Abú Násir, comandante almorávide, era excluido de los asuntos de la ciudad, por lo que buscó el apoyo de los Beni Ueyib, familia rival de los Beni Yehhaf. 

 

Así se formaron tres partidos en Valencia. El de antiguos partidarios de Alcádir, afecto a los cristianos, el de los almoravidistas y el del oportunista Ben Yehhaf. Así que este último, inició un acercamiento hacia el Cid y empezó a escatimarles recursos a los almorávides, con la esperanza de que abandonasen la ciudad.

 

Mientras, el hijo de Yusuf le pedía que enviase el tesoro de la ciudad a Marruecos, para sufragar un ejército, así que el Zambo, inició un peligroso doble juego. Se quedó con la mejor parte de las riquezas, y el resto las envió al Norte de África.

 

Para transportar el tesoro eligió a los Beni Ueyib y al antiguo visir, Ben Alfarax, que había permanecido hasta entonces encarcelado. Sin embargo, este último pudo avisar a Rodrigo, que atacó a la comitiva y les arrebató el tesoro.

 

Esta es la versión que da el profesor Menéndez Pidal, basándose en la Primera Crónica General. No obstante, en honor a la verdad y para que el lector decida, la Crónica de Veinte Reyes nos cuenta que los hombres del Cid no les pudieron dar alcance.

Una vez el Campeador tomó el castillo de Yubala, trasladó su campamento frente a la misma Valencia, para hacer más riguroso el cerco. Ante la solicitud de los valencianos de que levantara el asedio por el perjuicio que les estaba ocasionando, se negó, salvo que expulsaran a los almorávides de la ciudad.

Era julio del año 1093 y el momento de estrechar el cerco sobre Valencia había llegado. 

 

El momento de estrechar el cerco había llegado.
Se capturaron los arrabales de la Derramada, la Alcudia y Villanueva, situados en la margen izquierda del antiguo cauce del Turia. Los cristianos hicieron un intento de asalto por la puerta de Alcántara que no llegó a mayores.


Así que se aisló completamente la plaza, evitando la entrada de víveres. Antes de que la ciudad llegara al agotamiento, el Campeador se sentó a negociar. Si pasado el mes de agosto la ciudad no recibía ayuda almorávide se le rendiría. A cambio, se expulsó a la guarnición almorávide.

 
Según Ben Alcama, testigo presencial, la negociación no fue sincera, y como se demostró después tan solo pretendía ganar tiempo. También relata que los almorávides estuvieron encantados de abandonar el cerco. El Cid les dio escolta hasta Denia.


Aunque expirado el plazo la ayuda no llegó, la ciudad se negó a abrir sus puertas. Así que Rodrigo se vio obligado a continuar con el asedio. Finalmente, en noviembre, el ejército del norte de África llegó, pero no se atrevió a enfrentarse en campo abierto con los sitiadores.

Es curioso que Yusuf era un hombre muy supersticioso. Y aunque mandó misivas amenazadoras al Campeador, no quiso trasladarse en persona a la Península. Creía que las victorias eran dones de Dios, y temía haber abusado de ellas tras Sagrajas.


A pesar de que la moral de la ciudad sufrió, continuaron resistiendo, ya que los almorávides les hicieron saber que su retirada era debida a las fuertes lluvias, y no al respeto que les inspiraba el ejército de el Cid. Durante dos meses más continuaron su defensa, pero su ánimo se debió resentir cuando supieron que el ejército de socorro había regresado a África.


No se les puede negar bravura a los valencianos en su defensa. Varias veces desbarataron los intentos de Rodrigo de tomar la ciudad. En uno de ellos incluso el propio Campeador estuvo a punto de ser capturado.


No obstante, el hambre y la enfermedad empezaba a hacer mella. El cronista Ibn Idari Al-Marrakusi narra como incluso se llegó a la antropofagia, contando cómo fue devorado el cadáver de un atacante tendido en un foso.


Dejaron de permitirse las salidas de la ciudad. Hasta entonces los que se entregaban, eran tomados como esclavos por las tropas musulmanas de Rodrigo. Pero a partir de este momento, los apresados eran ejecutados y sus cadáveres exhibidos, a fin de no disminuir las bocas que alimentar.


La dura medida dio sus frutos, y la ciudad volvió a pactar con Rodrigo. Mandaron emisario a Zaragoza y Murcia. Si no volvían con refuerzos en el plazo de 15 días, la ciudad se entregaría. Al final Valencia capituló a finales de junio del año 1094. Fueron 20 meses de asedio discontinuo
y negociaciones y 9 de combates más o menos duros.

Pero finalmente Rodrigo pudo entrar en la ciudad.

 

Bien fuera por generosidad, bien para que los partidarios de los almorávides perdiesen apoyos, la verdad es que Rodrigo trató de manera generosa a los vencidos, mucho más que de lo que se había estipulado en la rendición. Rodrigo no exigió a los musulmanes otro tributo que el zakat (diezmo), el que su propia ley les obligaba a pagar.


Ni que decir tiene que la yizya o impuesto que pagaban los cristianos y judíos era mucho más gravoso, y además debía entregarse de manera humillante, para forzar a la conversión. El pagador debía entregar el dinero arrodillado y ser zarandeado y agarrado por el cuello en señal de sumisión.


No pretende el párrafo anterior juzgar ni pecar de presentismo. Sin embargo, parece indicar que la tolerancia musulmana debe ser un mito por superar en el futuro, ya que, desde luego, no fue la norma que se aplicó a las otras “religiones del Libro.”


Todo valenciano refugiado en la ciudad pudo recuperar sus propiedades extra-muros, previo pago de una indemnización de guerra a los soldados del Campeador que las habían ocupado. Se trataba de una práctica muy generosa para la época, en la que no se distinguía entre cristianos y musulmanes.


Sin embargo, muchas familias tuvieron que emigrar, bien por motivos económicos, bien por motivos religiosos. Recordemos que la ley islámica desaconseja vivir bajo el dominio de un príncipe cristiano, y aunque Rodrigo había respetado las instituciones valencianas, era de hecho el señor de la ciudad. Esta fue la época en la que pudo por fin reunirse con Jimena y con sus tres hijos después de una larga separación. Sin embargo, la vida de su hijo Diego, que debía contar con unos 19 años, encontraría en breve una muerte prematura en el campo de batalla.

¿Qué hacía Alfonso VI mientras tanto? Incapaz de proteger Badajoz, que también se dio cuenta tarde de que los cristianos eran menos malos que los almorávides, volvió su mirada a Levante, y apunto estuvo de provocar una guerra entre castellanos y aragoneses para conseguir Huesca.


No era tiempo de ambiciones personales, y cuando Sancho Ramírez murió en el sitio de la ciudad, su sucesor Pedro I, renovó su alianza con Rodrigo. Sin embargo, Yusuf, al que únicamente Valencia se le resistía, encargó a su sobrino Mohámmad el mando de los ejércitos peninsulares.


La batalla sería inevitable, y el Cid la iba a librar en solitario, sin el auxilio de castellanos y aragoneses, en una manifiesta inferioridad numérica.

 

Antes de retomar la historia con los almorávides, es necesario contar el destino del cadí Ben Yehhaf, uno de los episodios utilizados por los detractores del héroe para lanzar sus críticas contra él. Intentemos reconstruir el episodio.


Cuando Rodrigo entra en Valencia decreta la prisión de su antiguo gobernante. La Historia de los Reyes de Taifas, crónica anónima musulmana, señala que Ben Yehhaf recibió inmunidad condicionada a la entrega de los tesoros del antiguo rey Alcadir.


Pero el castellano era un gran diplomático, y no fue él quien apresó al cadí. Hábilmente solicitó a 30 notables de la ciudad que se lo entregaran. Fueron ellos los que encabezaron un grupo de gente armada que asaltaron su casa y lo cargaron de cadenas.


Ben Alcama, cronista musulmán, nos cuenta que el prisionero fue trasladado al campamento de Yubala, donde fue torturado antes de ser devuelto a Valencia. Nada hace pensar que no fuera así. Tiene sentido de acuerdo con las prácticas de la época, y más teniendo en cuenta tenía escondido el tesoro de su antiguo rey.


En cualquier caso, de ser cierta la versión musulmana, o las torturas no fueron muy crueles, o Ben Yehhaf soportaba muy bien el dolor, ya que dio una relación de bienes en la que no se incluía ninguna cantidad de dinero amonedado.


Rodrigo “apercibió” a los amigos de Ben Yehhaf, que empezaron a llevarle tesoros que les habían sido entregados para ocultarlos. En la propia casa del cautivo, se encontraron gran cantidad de oro y piedras preciosas. Una vez reunidas las pruebas, convocó a los musulmanes para un juicio público.


Preguntó públicamente al faquí al-Waqasi que, a la vista de las pruebas, qué condena debía imponerle al acusado de acuerdo con el Corán. La respuesta fue muerte por apedreamiento. Recordemos que Ben Yehhaf había matado a su señor y además era perjuro. Así fue ajusticiado el antiguo cadí y 30 de sus partidarios y parientes.

El faquí pidió clemencia para uno de los hijos del ajusticiado, dada su juventud. El Cid se la concedió. Las fuentes musulmanas nos cuentan que la muerte fue en la hoguera, mucho más cruel. Si alguien duda con qué versión quedarse, piensen en los antecedentes de Rodrigo, desde luego la crueldad no estaba entre sus defectos.


SI me preguntan si creo que el Campeador habría sido capaz de condenar a la hoguera a alguien, la respuesta es sí, siempre que hubiera un motivo para ello. Castigo ejemplarizante, aversión al condenado por su crueldad, justicia divina… pero no de manera gratuita. No encaja con la trayectoria del héroe.

Por cierto, hay que añadir que tanto las fuentes musulmanas como las cristianas coinciden en que Rodrigo amnistió a mujeres y niños. Lo que hoy puede parecer obvio, no era algo común en le Edad Media, en la que la familia del reo por traición era responsable penal del mismo delito.

 

Cuentan las crónicas musulmanas que la toma de Valencia produjo en Yusuf, emir de los almorávides, “profunda tristeza”. Y es que Rodrigo, con Valencia asegurada, empezó una campaña de golpes de mano contra los almorávides, por lo que el gobernador de Denia tuvo que requerir su ayuda.


Esta vez, el elegido fue un sobrino suyo, Mohámmad Ben Texufin, al que le dio un ejército de 4.000 jinetes y muchas veces más infantes. Cruzando el estrecho, llegaron a Algeciras el 13 de septiembre del año de 1.094.

Rodrigo, al tener noticia de la amenaza, inició los preparativos para la defensa. Incrementó su mesnada tanto en cristianos como musulmanes fieles y desterró temporalmente a los hombres afectos a los almorávides. Al mismo tiempo, instaló a su ejército dentro de la ciudad.


Destaco al lector que la medida fue preventiva y por motivos de seguridad, pero llama la atención que las fuentes reseñen la temporalidad de la salida. El Cid, caudillo cristiano, nunca demostró animadversión a los infieles. Tampoco a los judíos, en contra de la creencia popular. De hecho, el visir nombrado por Rodrigo para Valencia tenía este credo.


Las huestes musulmanas, compuestas por almorávides y al que se añadieron contingentes hispano musulmanes de Lérida, Tortosa, Santaver y Alpuente plantó su campamento en Cuarte, a 7 km de Valencia.

 

Nadie confiaba en una victoria cristiana y aconsejaron al Campeador abandonar la ciudad. Las lealtades cambiaron y hasta los mozárabes trataban de reconciliarse con los musulmanes en Valencia.


Ante la posibilidad de un asedio, el castellano mandó a las mujeres y a los niños de los que había desterrado al campamento musulmán. Allí, según las crónicas musulmanas (Ibn Idari), fueron hechos esclavos y las mujeres ultrajadas.


Durante 10 días las tropas musulmanas marchaban alrededor de Valencia, lanzaban andanadas de flechas acompañadas de gritos y ruidos para causar el terror en los sitiados. En la noche del undécimo día, el de Vivar, emboscó a parte de sus fuerzas de caballería junto a la muralla.


Cuando al día siguiente, los almorávides repitieron su rutina, Rodrigo salió con la caballería que le quedaba. Ante la inferioridad numérica, los cristianos empezaron a retroceder, para después retirarse de acuerdo con el plan trazado.


Los almorávides cayeron en la trampa y les persiguieron hasta la muralla. Entonces, el ejército apostado por la noche cargó contra ellos y produjo una desbandada. Fue una gran victoria, la primera cristiana contra un ejército almorávide.

 

Tras la derrota, el resto del ejército musulmán que consiguió huir, se refugió en Denia y luego en Játiva. No estaba contento el “emir de los creyentes” con su sobrino Muhammad. Una vez producido el revés, según cuentan las crónicas musulmanas, sus hombres perdieron la capacidad combativa por falta de disciplina.

La noticia le llegó a Alfonso VI cuando acudía en auxilio de Rodrigo. No se fue con las manos vacías, el Cid le envió una parte del botín, y ya que había levantado un ejército, se dedicó a saquear la comarca de Guadix, en Granada. A su vuelta, se trajo consigo numerosos mozárabes de la zona que reasentó en Toledo.


Según Ibn Idari (único cronista que recoge el episodio), Rodrigo se encontraba muy enojado con los valencianos. Recordemos que hasta los mozárabes habían cambiado discretamente de bando, así que los reunió a todos ante el alcázar.


En un solemne discurso, por su traición impuso a los valencianos una multa colectiva de 700.000 mizcales (monedas de oro de 4 gramos y ¼), bajo pena de ser pasados por la espada. De ser cierto el episodio, el Cid demostró mucha astucia. Retirándose dejó a la multitud en silencio y atemorizada.


Su visir, Ben Alfarax, que recordemos era de origen judío, muy probablemente de acuerdo con el de Vivar, les habló a los asistentes, y les anunció que intercedería por ellos ante el Campeador. La intermediación se tradujo en una rebaja de la multa a 200.000 mizcales, que fue repartida proporcionalmente entre las fortunas valencianas y religiosamente pagada.


Con posterioridad a su victoria, el Cid asienta su dominio sobre la zona. Conquista los castillos de Olocau y Serra, además de enfrentarse a los señores musulmanes que hacían frontera con Valencia. Sin embargo, poco conocemos de lo acaecido en 1.095 y 1.096.


El motivo es el desinterés de las fuentes musulmanas, más centradas en las victorias almorávides, y a la pérdida material de varias páginas de la Historia Roderici. Sí conocemos de manera indirecta que el rey de Murcia, Ibn Tahir fue hecho prisionero por el Cid en el año 488 (1.095 de la era cristiana). No debió por tanto ser un periodo ni mucho menos tranquilo.

 

En este capítulo trataremos la alianza que forjó Rodrigo con el reino de Aragón. Pedro I de Aragón, que había sucedido a su padre Sancho Ramírez en el año 1.094, mantenía una relación de amistad con el Cid desde hacía un par de años, por lo que parece natural que, al subir al trono, reforzara esta alianza. Así lo relata la Historia Roderici.


Tras la batalla del Cuarte, la Crónica de San Juan de la Peña, nos cuenta que en Burriana se produjo el encuentro de ambas personalidades. Fue con posterioridad a esta reunión cuando el rey aragonés culminó la empresa que había comenzado su padre. El 26 de noviembre de 1.096 tomaba Huesca.


No perdió la oportunidad Alfonso VI de enredar en contra de los cristianos, y justo 8 días antes de tomar la ciudad, Pedro I tuvo que enfrentarse a los ejércitos de Al-Mustain, auxiliado por 300 caballeros leoneses y muchos peones al mando de García Ordóñez. Pedro I triunfó en los campos de Alcoraz, lo que precipitó la rendición de la plaza.


Pedro I y el Cid no compartían únicamente intereses, también enemigos. García Ordóñez fue hecho prisionero en la batalla, y tan sólo la generosidad del rey aragonés le salvó la vida. Fue puesto en libertad a los pocos días. 


Justo después de entrar en Huesca, recibieron una solicitud de ayuda desde Valencia. Los almorávides preparaban una nueva incursión en el Levante. A pesar de sus anteriores derrotas, los norteafricanos tenían una total libertad de acción, ya que no sufrían presión alguna en sus fronteras.

El rey Pedro podría haber desoído la petición de Rodrigo, acababa de salir de un asedio de varios años y sus fuerzas estaban exhaustas, pero ignorando a muchos de sus consejeros hizo honor a su palabra y en 12 días acudió a la llamada. Le acompañaba su hermano Alfonso, el futuro Alfonso el batallador.


La figura de Alfonso I sería digna de un hilo propio. Diremos únicamente que en esta campaña junto al Cid había cumplido los 23 años de edad, y que debió comprobar la amenaza que suponían los almorávides para la Península. Fallecería muchos años después con motivo de las heridas recibidas en Fraga luchando contra ellos. Menéndez Pidal observa en las capitulaciones concedidas por el rey, cierta influencia cidiana.


Sirvan estas líneas para una reflexión personal. El Cid no fue únicamente un guerrero excepcional, también resultó un gran diplomático. Durante este periodo, fue capaz de asumir un liderazgo al que renunció Alfonso VI tras sus reverses con los almorávides. Mientras vemos al Emperador en campañas menores, y no siempre contra el enemigo adecuado, Rodrigo se alzó por encima de intereses personales, y hay que decir que el rey de Aragón estuvo a la altura.

Pedro I fue recibido en Valencia con todos los honores y él y Rodrigo comandaron la expedición que debía socorrer al castillo de Peña Cadiella. Su importancia residía en que guardaba los dos únicos pasos a la llanura de Valencia desde el sur, el de Játiva y el de Gandía.

Sin embargo, al llegar a Játiva, se encontró con un viejo conocido, Mohámmad, el sobrino de Yusuf al mando de un ejército bien pertrechado, que ocupaba los montes que dominaban el camino. La posición era comprometida para los cristianos, pero aun así avanzaron.

Los musulmanes, cuyo ejército las crónicas cifran en 30.000 jinetes (número engordado a mi entender, por los peones y auxiliares que les acompañaban), a pesar de ulular estruendosamente ante el desfile que contemplaban, no se decidieron a atacar. El Campeador parecía inmune al factor psicológico que dominaban sus enemigos.

De este modo pudieron los nuestros llegar a Peña Cadiella y abastecer y reforzar la fortaleza. Para volver a Valencia eligieron el camino de la costa, pero Mohámmad ibn Texufin también se había movido y los estaba esperando. Los cristianos establecieron su campamento en Bairén, los musulmanes en el monte Mondúber.

Para los que conozcan la zona, las estribaciones de Mónduber, llegan casi hasta el mar, así que los almorávides apostaron navíos cercanos a la costa que dominaban el paso a tiro de ballesta, al tiempo que el grueso del ejército ocupaba las alturas. La situación era complicada y cundió el desánimo. Rodrigo tuvo que arengar a sus tropas.

La Historia Roderici recoge las palabras que Rodrigo empleó para arengar a sus hombres, castellanos y aragoneses. Ésta es la traducción que hizo el profesor Menéndez Pidal:

“¡Oídme, mesnadas; oíd caballeros amigos! Cada uno sea forme en el campo a guisa de varón. No los temáis en su muchedumbre; heridlos de grado y de voluntad; sed bien ciertos que hoy, en este día, Cristo nos los ha de entregar en las manos”

Las palabras obraron el milagro, porque los cristianos cargaron… y vaya si cargaron. Arrollaron por completo al enemigo que no puedo resistir su empuje, pese a tener superioridad numérica y el terreno de su parte. Los almorávides fueron aniquilados y el campamento enemigo saqueado.

Antes de volver a Valencia, todavía tuvo el Rodrigo tiempo de devolverle el favor a Pedro I y ayudarle a recuperar el castillo de Montornés. Debía correr el mes de febrero del año 1.097, y la derrota almorávide hizo que Yusuf regresara a la Península para volver a asumir el mando de las operaciones.

La llegada del “príncipe de los creyentes” se produjo mientras Alfonso VI preparaba una expedición militar a Zaragoza. Así que se dirigió al encuentro de los almorávides, aunque Yusuf no los acompañaba, ya que se quedó en Córdoba. Encargó el mando a Mohámmad Ben Alhay.

En capítulos anteriores hemos visto que Yusuf, en el fondo, era un hombre supersticioso y de voluntad débil. Las fuentes árabes recogen sus palabras “Si Dios ha decretado que sean vencidos, yo quedo detrás de ellos como un manto para cubrir su retirada”.

Según Menéndez Pidal, Rodrigo envió a su hijo Diego, que debía contar con 22 años, acompañado de una hueste para auxiliar a su rey. No obstante, puede que formara parte de la schola regis y que ya estuviera sirviendo al monarca.

La batalla fue un desastre. En la vanguardia cristiana “arrojó el Todopoderoso la confusión” y el ejército cristiano fue desbaratado completamente. Allí, el sábado 15 de agosto de 1.097 encontró la muerte Diego, hijo de Rodrigo.

Alfonso se refugió en el castillo de Consuegra, que fue sitiado durante 8 días, pasados los cuales los musulmanes se retiraron. Pedro I de Aragón, generoso y sin rencores, aunque con muchos motivos para tenerlos, envió un ejército de auxilio a Toledo.

Todavía tuvieron tiempo los almorávides, bajo el mando del hijo de Yusuf y gobernador de Murcia, Ben Ayixa de derrotar a Álvar Fáñez, encargado de defender las fortalezas de Zorita y Santaver.

La muerte de Diego debió suponer un grandísimo golpe para nuestro Campeador. A la tragedia personal de perder un hijo, debió unirse el dolor por el quebranto del linaje, una desgracia que es difícil apreciar desde la óptica actual.

Transcribo unos versos del Romancero que no lo pueden expresar mejor (aunque no fueran escritos para El Cid), recogidos en su día el Profesor Menéndez Pidal: “maldita sea la mujer que tan solo un hijo pare; si enemigos se lo matan, no tienen quien lo vengare”.

Sin embargo, el Cid todavía estaba en edad de vengar a su hijo. Como propaganda, las fuentes musulmanas no tienen más remedio que echar mano de una victoria secundaria en Alcira, frente a los hombres de Rodrigo, que no es mencionada por los cristianos, y en la que ni siquiera estaba presente el de Vivar.

Yusuf regresó a África sin haberse quitado la espina de Valencia y del Levante español. Sería Rodrigo el que pasaría al ataque durante el 1.098. 

Yusuf regresó a Marruecos con su prestigio reestablecido en la Península tras sus recientes victorias. Por el momento, los almorávides se daban por satisfechos con el statu quo establecido a finales del año 1097, pero Rodrigo no.

Recordemos que ni las plazas de Játiva y Alcira estaban en manos cristianas, y que Rodrigo mantenía a Peña Cadiella como posición avanzada al Sur de Játiva. Pues bien, el alcaide almorávide de Játiva, de nombre Abu-L-Fath se había desplazado con algunas tropas a Murviedro (Sagunto), dependiente de la Taifa de Albarracín.

El de Vivar no estaba dispuesto a permitir el movimiento y se dirigió hacia allí. Abu-L-Fath debió estimar que si abandonaba la plaza no sería perseguido, por lo que se desplazó al castillo de Almenara, situado 10 km más al norte.

Tras 3 meses de asedio, Almenara capituló, y allí Rodrigo costeó una iglesia en honor de la Virgen María. El profesor Martínez Díez realiza un apunte interesante y es que construir una nueva iglesia probablemente significara el respeto y no ocupación de las mezquitas.

Antes de volver a Valencia, Rodrigo decidió poner sitio a la gran fortaleza de Murviedro. La Historia Roderici habla de un cerco extraordinario, y tal y como era costumbre en la época, los sitiados pidieron un plazo de 30 días para solicitar ayuda al exterior.

Fueron enviados emisarios a Alfonso VI, a Mustain de Zaragoza, al reyezuelo de Albarracín (a fin de cuentas, el castillo era suyo), a los almorávides y al Conde de Barcelona. Significativas son las respuestas que resumiré a continuación.

La de Alfonso fue la más obvia, prefería la fortaleza en manos de Rodrigo que en manos musulmanas. Monstain envió muchos ánimos, pero denegó el auxilio, ya que había sido advertido previamente por el Campeador de que sería muerto o hecho preso si acudía.

Ben Razín, que era el dueño del lugar, desde la distante Albarracín les envió buenos consejos, pero ni un solo hombre. Los almorávides respondieron que acudirían prestos… siempre que Yusuf regresase.

He dejado para el final el Conde de Barcelona porque desde su última aparición, el condado había cambiado de manos. Berenguer Ramón II, tras deshacerse de su hermano Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa, había gobernado el condado en solitario.

Ramón Berenguer III, cuando calzó espuelas a la edad de 15 años, denunció a su tío por la muerte de su padre ante la corte del Emperador de ambos, Alfonso VI. Allí Berenguer Ramón II fue declarado traidor y partió hacia el exilio Tierra Santa.

El joven conde no se atrevió a desafiar directamente al Cid, pero asedió el castillo de Oropesa, para intentar que el castellano levantara el cerco a Murviedro. Bastó con el envío de un emisario diciendo que el Cid se dirigía hacía allí, para que los barceloneses se retiraran.

Grande era el prestigio de Rodrigo “el tirano”, para quien los almorávides imploraban la maldición de Alá. Dos prórrogas más les fueron concedidas, hasta que el 24 de junio de 1098 los cristianos entraron en la ciudad. Además, le levantaron una iglesia a San Juan en agradecimiento.

Valencia estaba segura.

De vuelta a Valencia, Rodrigo se dedicó a dirigir los asuntos de la ciudad. La antigua mezquita había sido cristianizada en el 1.096, y fue en julio de 1.098 cuando la reformó para adecuarla al rito cristiano y la obsequió con diferentes objetos para el culto.

Se conserva el documento de la donación en el que aparece la firma original del héroe, “Ego Ruderico” y el nombramiento como obispo de la ciudad de don Jerónimo de Perigord. El profesor Fletcher interpreta que la diócesis había sido privilegiada por el Papa y que quedaba subordinada directamente a Roma.

No tuvo mucho tiempo Rodrigo de organizar Valencia. Uniendo varios de los documentos que nos han llegado, podemos reconstruir su “corte” En ella, no sólo había caballeros castellanos, también encontramos aragoneses y portugueses. Incluso musulmanes y judíos. Parece que primaba la meritocracia sobre la raza o el credo.

A pesar de cierta influencia oriental reconocida por Menéndez Pidal, sobre todo en el mobiliario y tapices de las estancias valencianas, deduce el maestro que los usos castellanos no abandonaron a Rodrigo en el vestir, ni en los ejercicios militares con sus hombres. No parece que se viera seducido por el lujo, que a tantos hombres ha corrompido.

Pero la salud de Rodrigo no era buena. Las crónicas nos hablan de una enfermedad en el año 1.081 que le impidió acompañar a Alfonso VI y otra en 1.090 mientras permanecía en Daroca. También en Albarracín había recibido una herida grave que lo tuvo al borde de la muerte.

Ya debió intuirlo su sagaz almojarife, Ben Alfarax cuando convencía a los valencianos de que cumplieran con los mandatos de Rodrigo, alegando que se encontraba al final de sus días, más o menos cinco años antes de la muerte del Cid.

Daré por buena la fecha del 10 de julio del año de 1099 como el día en que Rodrigo se reunió con el Creador. Debía contar con 56 años de edad. Murió de enfermedad y no ganó ninguna batalla después de muerto. Podemos hablar de fallecimiento prematuro, aunque no demasiado, si tenemos en cuenta la época y vida azarosa de Rodrigo. No obstante, que mejor final que la leyenda para un personaje de su talla.

Su partida causó el máximo duelo entre los cristianos y gran gozo entre los enemigos musulmanes. Pero no todo fueron malas noticias para la cristiandad. Cinco días después de la muerte del de Vivar, caía Jerusalén en manos de los Cruzados.

En el próximo capítulo veremos qué fue de Valencia y de Jimena tras la muerte del Campeador.

Continuará en una semana...